Invitados de Honor 2011

Luis Valdez
La frontera entre México y Estados Unidos se cruzó por primera vez en la pantalla en ¡Alambrista! (Wirejumper! 1977). Aunque escrita y dirigida por Robert M. Young, un estadounidense, la película tiene un lugar honorífico en el cine chicano porque fue la primera en abordar el drama de los trabajadores agrícolas indocumentados mexicanos en California. Pero, lo que el filme apenas alcanzaba a esbozar tenía en la vida real un equivalente mucho más heróico.
En 1965, Luis Valdez había creado una compañía de teatro itinerante llamada Teatro Campesino para elevar la moral de los agricultores en huelga de César Chávez en Delano. El Teatro Campesino iba de sembradío en sembradío montando pequeñas obras que ayudaban a los trabajadores y a la gente del campo a tomar conciencia sobre la importancia de la huelga. Eran piezas cortas, llamadas "Actos", que ilustraban las situaciones y los personajes que se movían en el escenario político.
En ese contexto, el sentido de representación tenía en su esencia una dimensión política, de movilización social. En esa época (los años 60), los chicanos (estadounidenses de ascendencia mexicana) todavía vivían en los márgenes de la sociedad. Si habrían de existir como una comunidad hispana viable dentro de Estados Unidos, tenían que definir y afirmarse como grupo. Los chicanos tuvieron que crear un frente unificado para dar cohesión y mejorar su situación social, política y económica. Por lo tanto, la construcción de una identidad común se convirtió en una cuestión vital para fortalecer su posición.
Aunque el performance se interpreta tradicionalmente como la recreación de un personaje de ficción, teóricos culturales consideran muchos aspectos de la identidad (desde el género hasta la etnicidad) como "actuaciones" que proyectan un determinado contexto social y cultural. El Teatro Campesino de Valdez asumía implícitamente el elemento histriónico de la identidad. Según el académico Stuart Hall, construimos también lo que somos a través del discurso, a través de un proceso que implica la identificación de un individuo con las imágenes y narraciones que dominan nuestra manera de ver y representar el mundo. En el caso de los migrantes mexicanos ese discurso estaba limitado en un principio dado que la lengua materna –una versión rudimentaria del español– era insuficiente para articular la compleja naturaleza de su nueva realidad. El siguiente paso en el desarrollo de la nación chicana tenía que darse con la ayuda del inglés. El poema Yo soy Joaquín fue ese primer paso. Escrito en 1967 por Rodolfo Gonzales, Yo soy Joaquín puso en marcha en palabras un movimiento que parecía alcanzar al fin la edad adulta a través del inglés. En palabras de Gonzales: "Dominar el idioma del opresor es el primer paso para cerrar la brecha de desconfianza". Yo soy Joaquín estableció el camino para la búsqueda de identidad de los mexicano-americanos y se convirtió en el grito de lucha del movimiento chicano que nació oficialmente en la Conferencia de la Juventud de Denver, Colorado, en 1969. Ese mismo año, Valdez tradujo el poema para el cine. Su interpretación visual de Yo soy Joaquín convirtió la búsqueda de identidad de los chicanos en una especie de peregrinación. El corto de 20 minutos puede verse también como una piedra de toque para la fundación de la nación chicana en Estados Unidos. Yo soy Joaquín está compuesto de una serie de fotografías y diapositivas que abarcan 500 años de la historia de México. Desde la época colonial, la independencia de España y la Revolución de 1910, hasta el movimiento chicano de los años 60. Como un chamán, Valdez conjuró los espíritus de eminentes personajes de nuestra historia, los colocó en imágenes, y los devolvió simbólicamente a sus verdaderos dueños: los mexicano-americanos. La película, de acuerdo con Valdez, fue diseñada para "rescatar el pasado del olvido, para destacar la continuidad y la integración de los diversos aspectos de la experiencia chicana, y para crear una identidad histórica colectiva a los chicanos". Valdez hace un paralelo entre España y Estados Unidos como potencias imperiales que han creado una cultura de discriminación para justificar su conquista.
Una de las primeras víctimas de esa discriminación fueron los pachucos (zoot-suiters). En los barrios de Los Ángeles a principios de los años 40, grupos de adolescentes formaron una subcultura que buscaba un lugar digno dentro de una sociedad aún mas racista y paranóica en tiempos de guerra. Veintidós jóvenes pertenecientes al Club de la Calle 38 cayeron en una trampa tendida por una banda rival y fueron acusados del asesinato de un hombre en una fiesta en Los Ángeles. Con sólo evidencia circunstancial, fueron encarcelados en San Quintín. La injusta decisión de los jueces llevó a la tensión racial que se convirtió en la violencia y disturbios conocidos como los Zoot Suit Riots (1943). Jóvenes que iban vestidos a la usanza del Pachuco se convirtieron en el blanco de soldados estadounidenses con licencia en Los Ángeles y brutalmente golpeados. En 1969, el recién nacido movimiento chicano volvió su mirada en el tiempo para reclamar al Pachuco como su patrimonio y a los Zoot Suit Riots como la base arqueológica de su identidad. Los Pachucos se convirtieron así en el símbolo de la marginación y la persecución de un pueblo. De hecho, los chicanos se consideran los hijos de los pachucos.
En 1981 Luis Valdez rescata la trágica figura de los pachucos para el cine. En Zoot Suit, hablando a la cámara, el Pachuco (Edward James Olmos), nos dice: "Nuestra realidad de pachuco sólo tendrá sentido si pueden captar su estilización. […] Disfruten de la pretensión". Y la construcción de identidad es siempre en el principio, una cuestión de apariencia. De acuerdo con el teórico poscolonial Homi Bhabha, la identidad comienza primero a través de la producción de una imagen y la transformación del sujeto en esa imagen. Sombrero de ala ancha con una pluma de avestruz, chaqueta larga con grandes hombreras, pantalones anchos, una cadena de oro colgando de las rodillas y el pelo engomado: el Pachuco era una imitación del dandi anglosajón. La indeleble imagen ha quedado como la marca de identidad chicana.
Con Zoot Suit Luis Valdez creó en el imaginario de la población mexicano-americana, un icono, un arquetipo que forma parte ya de su identidad colectiva. Y en el Pachuco, interpretado por Edward James Olmos, el movimiento chicano, su símbolo más entrañable y duradero.













































