Invitados de Honor 2011

Volker Schlöndorff
Volker Schlöndorff representa, a finales de la década de los sesenta, una novedosa conciencia crítica en el clima cultural de la posguerra. Su cine cuestiona con perspicacia y dureza los mecanismos de la mentalidad totalitaria y sus saldos desastrosos; la pervivencia también del reflejo autoritario en la lucha sin cuartel contra el extremismo de izquierda a finales de los años setenta. Su primer trabajo está ligado a dos momentos clave de la vanguardia fílmica europea: el auge de la nueva ola francesa y el nacimiento del llamado nuevo cine alemán, rupturas definitivas con la estrechez de miras en las propuestas estéticas dominantes. A los veinte años, el inquieto joven de Wiesbaden decide estudiar ciencias políticas en la Sorbona de París, para ingresar después, a la par de otros cinéfilos de su generación, al IDHEC, exigente escuela de cine que es semillero de técnicos y realizadores interesados en romper con el anquilosamiento académico. Muy pronto Schlöndorff se vuelve asistente de Louis Malle y de Alain Resnais, y alumno entusiasta de Melville. A la primera inquietud por las cuestiones políticas añade crecientemente un gusto por la literatura, en particular la alemana y la francesa, que le lleva a preferir para sus primeros trabajos la adaptación de obras literarias cuya modernidad le seduce, en lugar de recurrir, como era común, a la redacción o a la improvisación lúdica de guiones originales. Dicha elección no es inocente. Entre los autores que admira figuran personalidades polémicas, muy a contracorriente del pensamiento burgués, cuyas narrativas considera afines al lenguaje cinematográfico y al espíritu, entonces en boga, de la contracultura.
Uno de esos escritores es el austriaco Robert Musil, cuya novela corta Las tribulaciones del joven Törless es sustento e inspiración de su primer largometraje en 1966, anticipo emblemático del desasosiego juvenil que dos años después tendrá su expresión definitiva en la revuelta estudiantil europea. A más de cuatro décadas de haber sido filmada, la película no ha perdido un ápice de actualidad. El señalamiento de la crueldad humana y de un relativismo moral encaminado al autoritarismo político era ya en 1906, año de la publicación de la novela, extremadamente revelador. Schlöndorff disecciona el ambiente opresivo de una escuela, hostigamiento inclemente a un personaje marginal, chivo expiatorio y prefiguración en tiempos de Musil del judío sacrificable, materia actual de discusión en torno al bullying, observado por una conciencia juvenil atribulada por las posibilidades de una permisividad absoluta. "Si Dios no existe, todo está permitido", había advertido Dostoievski primero, sentencia que muchos años después ilustraría el cineasta austriaco Michael Haneke en El listón blanco.
No es otro el azoro con el que otro personaje, esta vez femenino, contempla la irracionalidad de una sociedad temerosa de perder el disfrute de su prosperidad económica recobrada, y que para evitarlo admite el repunte del reflejo autoritario y la bonanza de una prensa amarillista capaz de aplastar toda dignidad humana. El honor perdido de Katharina Blum (1975) es la parábola inclemente que el escritor Heinrich Böll ofrece de una Alemania a punto de perder sus últimos asideros éticos y naufragar, una vez más, en el desvarío moral e ideológico. Schlöndorff captura magistralmente el espíritu de la novela y Angela Winkler crea ahí un personaje memorable. En El tambor de hojalata el cineasta recurre nuevamente a la adaptación literaria, esta vez a la novela homónima de Günter Grass, para narrar la historia del niño Óscar, cuya renuncia a crecer físicamente se convierte en ruidosa protesta y acusación contra una sociedad moralmente mezquina que asiste imperturbable al ascenso del fascismo alemán. La caracterización del niño David Bennet es portentosa, y el fresco social de medio siglo que traza el cineasta y que el escritor había prolongado veinte años más, constituye una de las crónicas más lúcidas de esa larga temporada que culminó en lo que Margarethe von Trotta, esposa del cineasta y también realizadora, denominó los años de plomo. El tambor de hojalata conquistó la Palma de Oro del Festival de Cannes en 1979.
Luego de estas tres obras maestras, y de una exitosa trayectoria tanto en el cine documental como de ficción, Shlöndorff retomó algunos de los temas de sus primeras obras. El noveno día (2004) es una obra interesante que pone de relieve una novedosa reflexión ética al abordar la crisis existencial de un sacerdote católico, prisionero en un campo de concentración nazi, que a cambio de su libertad debe negociar en sólo nueve días la adhesión incondicional de un obispo al régimen fascista. De modo más perturbador aún, Voyager (Homo Faber, 1997), combina un dilema moral con una pendiente trágica al narrar la historia de un hombre aventurero enamorado de una joven treinta años menor que él; ambos deben enfrentar no las rutinarias adversidades del amor mal correspondido, sino correspondencias amorosas marcadas de lleno por la fatalidad. Una vez más, la inspiración es literaria. El tributo de Schlöndorff al relato homónimo de Max Frisch acusa la dignidad de un veterano artista, dueño de todos sus recursos narrativos.
— Carlos Bonfil Crítico de cine













































